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«Mis alumnos iban cantando a la guerra y volvían en un ataúd»

«Mis alumnos iban cantando a la guerra y volvían en un ataúd»

Lo sorprendente no es que Oscar Hahn gane el Premio Loewe de Poesía, entregado la semana pasada en Madrid. Lo sorprendente es que se presente a un concurso para libros inéditos (dotado de 20 mil euros) cuando cualquier día podría caerle el Premio Cervantes a toda su trayectoria. Nacido hace 76 años en Iquique, el poeta chileno explica que, “sencillamente”, tenía un libro acabado y quería publicarlo. “A mi edad ya no tengo tiempo para esperar”, dice. Que ese libro, Los espejos comunicantes (Visor), esté atravesado por la muerte no sorprende en alguien cuya primera obra, Esta rosa negra, se abrió en 1961 con esa palabra. “Mi actitud entonces era festiva, como en las danzas medievales, la de un veinteañero convencido de que la muerte es algo que le pasa a los demás”, argumenta. “Los poemas de ahora nacen de la conciencia. La muerte es una inminencia”. A esa conciencia ha contribuido algo muy presente en este último poemario: el 11-S y las guerras de Afganistán e Irak.

Oscar Hahn salió de Chile en 1974 huyendo de la dictadura militar y pasó 30 años como profesor de Literatura en la U. de Iowa, en EE.UU. Allí vivió el atentado de las Torres Gemelas: “Mi hija mayor me llamó y me dijo que prendiera el televisor. Pensé en otro golpe de Estado. Los atentados despertaron un espíritu revanchista. Lo curioso es que jóvenes que no podían beber alcohol porque era malo para su salud podían ir a la guerra a matar y morir”. De eso habla su poema Nueva paradoja de Zenón, una recreación moderna del mito de Aquiles. “Vi cómo mis alumnos iban cantando a la guerra y volvían en un ataúd. Eso me sacudió. También la posibilidad de que mis hijos menores pudieran ir”.

La vida del autor de Mal de amor había cambiado para siempre otro 11 de septiembre, el de 1973. Pasó 10 días detenido. Además de miles de muertos, los dos 11-S de su vida provocaron una misma víctima, dice el escritor: la verdad. “Se pervierte el lenguaje y se habla de guerra limpia, de bajas colaterales…”. Empieza entonces un trabajo para limpiadores y poetas: “A la poesía le toca restablecer la verdad en el lenguaje. No es una posición política, es una postura ética”. Cuando se le pregunta por el poder real de la poesía, el nuevo premio Loewe recuerda el caso de tres desconocidos a los que su poema El doliente les sirvió de consuelo en medio del desastre y la enfermedad. “Supongo que los poemas hacen el efecto que han dejado de hacer las oraciones: consolar. Tal vez un poema sea una oración sin dios”.

Algunos han visto en este poeta el gozne entre escuelas enfrentadas: la antipoesía de Nicanor Parra y la verbosidad de Gonzalo Rojas. En Los espejos comunicantes hay un poema a la memoria de este último. “No es que comulgue con su canon, es que Gonzalo era mi amigo”, explica. “La polarización de la que habla es cierta porque Chile es un país que tiende al sectarismo: Neruda o Huidobro; Nicanor o Gonzalo. Pero no hay recetas: el que se la puede, se la puede. Yo siempre he hecho lo mío con la mayor autenticidad que puedo”. De ahí que mezcle sin reparos a San Juan con Miles Davis, la tradición con los Transformers: “¿Cuándo funcionan las cosas en un poema? Cuando te nacen con verdad”.